¿Hay mejor doctor que un abuelo o una abuela? Imposible. Y si, además, tienen imaginación, entonces no hay forma de aburrirse mientras nos ponemos buenos.

Sirve tanto para diagnosticar a un oso de peluche con rebomboritis aguda como para saber cuándo toca recetar un buen batido de agua sucia con jarabe de lápiz azul en una raza verde (¡nunca roja!).

¡Que vivan los abuelos! ¿Qué haríamos sin ellos?

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