A veces la fortuna sonríe a los más desdichados. Pero, aún así, jamás hay que olvidar lo que fuimos y lo que tuvimos. Eso es muy feo. Y es, precisamente, lo que le pasó a un pobre pescador, que de la noche a la mañana se vio con una boca más que alimentar. «¡Pero yo te traeré suerte!», le dijo el nuevo miembro de la familia. Y así fue.

Por desgracia, el pescador pronto olvidó su humilde pasado, se volvió un engreído abusón y maltrató a sus empleados.

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